Hace un tiempo atrás, mi hijo mayor (de 5 años en ese entonces) me preguntó sobre mi trabajo en el acompañamiento como doula. Para él, la mamá “acompaña partos” y hasta ese momento no había sentido la necesidad de explicarle mucho más de mi trabajo. Con las trabas que tenemos lxs adultxs, me complicaba hablarle del trabajo de duelo. Me complicaba hablar de la muerte. Pero ese día, sentí que era bueno hacerlo. Y con las palabras que me parecieron más apropiadas en ese momento, le conté que no solo trabajaba con mamás que estaban embarazadas y tendrían a sus guagüitas, sino que también lo hacía con las mamás que las perdían.

– “¿Y dónde las perdieron mamá? ¿En la plaza? ¿En el supermercado?”

Como siempre mis hijos, mis grandes maestros, me hacían otra vez repensarlo todo.

– «No hijo, las mamás no perdieron a sus hijxs, el embarazo se detuvo y las guagüitas fallecieron».

“¿Y a ti se te murieron guagüitas?”

-«Sí hijo, entre tu hermano y tú, hubo dos hijas que se murieron cuando estaban en mi guatita».

Así, sin haberlo planificado y con la mayor naturalidad del mundo, pude abrirlo, pudimos entre los 4 darle el espacio en nuestra familia a ellas (siempre las pensamos ellas) que también, en su paso, lograron cambiarlo todo.

Y es desde este episodio, tan breve pero significativo, que empecé a pensar en esta idea de la “pérdida”, en donde el lenguaje cobra tanta relevancia. Nosotras no “perdemos” a nuestros hijxs, sucedió que nuestrxs hijxs fallecieron. Y poder nombrar la muerte, por más dolorosa que sea, tiene un sentido. No solo valida el poder vivir su muerte, como eso, la muerte de un hijx con todas las proyecciones que imaginamos para nosotros con él o ella en nuestras vidas; frente al silencio social que desautoriza nuestro dolor. Si no que también, este cambio de lenguaje permite reafirmar que lo que sucedió no fue a propósito de un descuido, no fue una responsabilidad con la que no dimos el ancho, ideas que parece que acompañaran el “perder” algo. La Culpa, con C mayúscula, que acompaña los duelos gestacionales se suaviza.

Junto a esto, otras compañeras que han querido pensar y sentir el duelo gestacional, han incorporado argumentos que acompañan lo anterior. Natalia Novaro, de «Con la luna como cuna» –hermoso proyecto de acompañamiento a padres y madres en Argentina- habla de que la idea de pérdida remite a que no sabemos dónde están nuestros hijxs. Lxs niñxs perdidos aparecen en las cuentas de la luz, en las cajas de leche en otros países, en murales de las policías y se buscan, nunca se paran de buscar. Pues las madres que hemos vivido un duelo sí sabemos dónde están nuestrxs hijxs, aunque para cada una quizás ese lugar sea distinto. Pero están, desde algún lugar, acompañando el camino a recorrer. Sabemos que no volverán, físicamente por lo menos.

Por último, está la idea que aporta mi querida Pame, en relación a que estas experiencias, en la medida que logremos transitar hacia una resignificación de éstas, generalmente terminan siendo más que una pérdida, una ganancia. Cuánto cambiaron estas nuestras vidas, cuánto nuevo pudimos aprender, cuánto nos cuestionaron aspectos de nuestras vidas que no habíamos logrado ver y pudimos transformar. A mí, mis hijas me regalaron la oportunidad de estar aquí, hoy, escribiendo sobre ellas mientras acompaño la experiencia de muchas otras mujeres transitando duelos contenidas, escuchadas, validadas. Me regalaron valorar a sus hermanos profundamente. Me regalaron amar, así, sin más.

 

Raiyen Rozzi

Mamá de 2 y 2 

Doula y Socióloga